El Genocidio Armenio: fantasmas que perviven


centenario-genocidioLa intolerancia y el interés económico siguen pesando sobre la conciencia humana; la doblegan generando barbaries inimaginables, impropias incluso del animal más fiero. Basta voltear a Siria, donde un ejército de delincuentes psicópatas satisfacen sus pervertidos cometidos a costa de minorías étnicas y diferencias religiosas.

Y el mundo solo ve a lo lejos; los líderes mundiales permiten el baño de sangre, las violaciones en masa de mujeres y niñas, las crucifixiones y quemas de “infieles”, el adoctrinamiento de generaciones en el odio y la barbarie. ¿Por qué no es más noble la muerte de un soldado protegiendo al indefenso, que llevando la “democracia” en nombre del petróleo?

Se han cumplido 100 años de aquel fatídico día en que, un 24 de abril de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos –partido político nacionalista que lideró al Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial- ordenara la deportación masiva de todos los armenios que vivían en la península de Anatolia; exiliándolos a los duros desiertos Sirios e incluyendo, como objetivos secundarios de la orden, a todos los demás cristianos otomanos: griegos pónticos, asirios y serbios.

Ya en ese entonces el mundo era hipócrita e insensible. Pero la opinión pública mundial tenía una escusa; las noticias tardaban en viajar y era sumamente difícil saber si era información verídica o de primera mano. Y es que hay que tener bien en claro que, desde un inicio, el mundo hizo poco o nada por detener el baño de sangre.

El decreto de deportación de los Jóvenes turcos declaraba a los armenios rebeldes, por lo que automáticamente se les privó de sus derechos y pertenencias. Prestos, batallones de soldados otomanos irrumpieron en las casas de los cristianos de cientos de ciudades y poblaciones, asesinando ante la más mínima provocación; ante el más mínimo intento de defensa.

Aunque hay que destacar que el ejército otomano no cumplió en total protagonismo la salvaje tarea impuesta por sus líderes. Se ofrecieron a bandas de chechenos y kurdos –naciones musulmanas, como los otomanos- cualquier botín que pudieran obtener al apoyar la expulsión de los armenios. Inclusive, muchas veces, estos paramilitares obtenían las propiedades que “limpiaban” de cristianos.

Y es que la avaricia siempre auspició el accionar salvaje de los perpetradores de este genocidio que, engañándose a sí mismos, torcían los renglones del Corán para encontrar justificación a su salvajismo (tal parece que el autoproclamado Estado Islámico (DAESH) y Boko Haram no son pioneros algunos en su modus operandi).

Dependerá del punto de vista; algunos verán en los supervivientes del Genocidio Armenio a los más afortunados. Otros señalarán a los que murieron sin más ni menos como aquellos a los que en verdad sonrió el destino. Y es que los 8 años que duró la infame orden otomana parecieron un capítulo de la novela más dantesca.

Separando a hombres de mujeres; el shock psicológico comenzaba. La incertidumbre de qué pasaría con los seres queridos era marcada en todos los desplazados. A los hombres jóvenes, usualmente después de una larga marcha se les llevaba a algún barranco o descampado, para ahí ajusticiarles. No sin antes, usualmente torturarles.

Las mujeres, ancianos y niños sufrieron –como suele ocurrir- los peores actos. Les harían marchar a través del desierto a base de hambre, golpes y sed, en una tortura mortal que quebraría hoy al más duro miembro de las fuerzas especiales. En contadas veces, estas víctimas terminaban el infernal camino convirtiéndose en esclavos.

Y como quizás la peor parte de esta historia, se encuentra el hecho de que dependiendo de la desviación y el sadismo de los captores de este estrato indefenso de la sociedad armenia; se decidiría si en algún momento, o varios, ocurriría el frenético y desalmado accionar de la masa de hombres que, respaldados por sus armas, obran los más desdeñables actos; dando rienda suelta a toda clase de perversiones. En diversas memorias se relata como, cuando por desgracia tuvo lugar la violencia sexual, los perpetradores de este genocidio no se detuvieron ante niñas o ancianas; incluso, quedaron registradas sádicas prácticas como abrir el vientre de las embarazadas a filo de espada; y también, quedó como una dolorosa marca en la historia del pueblo armenio como, los jóvenes y niños que eran considerados “bellos” por sus captores, terminaban sufriendo el abuso sexual.

Sin embargo, no todos los otomanos negaron su humanidad en medio de este triste y oscuro periodo. Muchos ayudaron a escapar a familias enteras; adoptaron huérfanos; casaron a jóvenes armenias con sus hijos turcos para evitarles futuras torturas. Y es que también, en muchos casos, estos héroes anónimos turcos sufrieron el martirio; al ser considerado su humanismo, por las tropas otomanas y los paramilitares musulmanes, traición.

También, resuena la conducta del pueblo árabe ante esta catástrofe; los líderes de las tribus ordenaron proteger y ayudar a los cristianos en nombre de la palabra dejada por su Profeta Mahoma; demostrando así, la gallardía y nobleza de su cultura (que hoy escupen los militantes del DAESH descaradamente). No es de extrañarse que muchos árabes hoy día, sin saberlo en la mayoría de los casos, desciendan de niños y jóvenes armenios, asirios o griegos adoptados por estas personas.

Los países alrededor del globo se limitaron a recibir refugiados de esta catástrofe (como lo que ocurre hoy con las víctimas de DAESH); estos armenios y cristianos otomanos, enfrentaron una nueva lucha por la supervivencia: florecer en tierras extrañas, entre una lengua desconocida y sufriendo la pobreza y la reciente pérdida de seres amados e incluso, los más pequeños y huérfanos, perdiendo hasta sus apellidos. Sorprendentemente, estas personas ganaron esta última batalla y crearon comunidades enteras que abrazaron su nuevo Estado, pero que jamás olvidarían el crimen que les dio origen, ni la madre patria que habían perdido.

También queda la historia de hombres y mujeres que no abandonaron su tierra ante la crueldad otomana. El sentimiento de venganza los organizó en valerosas milicias que derrotaron en diversas ocasiones a otomanos, kurdos y chechenos. Sentaron las bases del pequeño Estado Armenio que perdura, hoy día, al sur del Cáucaso. Y dieron ejemplo de que es posible detener un holocausto a base de valentía y sacrificio.

Entonces, el Centenario del Genocidio Armenio no debería ser más que una bofetada a nosotros, esa humanidad pelele que a 100 años de esta tragedia permite que ocurra lo mismo. Porque si los líderes mundiales hicieron esfuerzos de guerra inmensos por encontrar armas nucleares inexistentes; no debería costarles hacer uno igual por defender de la barbarie a miles de personas.

Héctor Santos Ortega
Embajador PEDH en México
@HSantosOrtega